Las lecturas de este domingo son una llamada de atención para revisar nuestra manera de vivir las relaciones interpersonales desde la práctica del amor mutuo y corresponsable, de restablecer las relaciones rotas por nuestro egoísmo y nuestra indiferencia, de practicar la gracia del perdón y de practicar la gracia de la reconciliación.

El profeta Ezequiel anuncia en la primera lectura que la misión para todo ser humano es la corresponsabilidad de unos sobre otros en el acompañamiento de sus realidades, sean sobre acontecimientos positivos o negativos, ya que puede recaer en nosotros la responsabilidad y las consecuencias de lo que al otro le puede suceder.

La carta a los Romanos del apóstol San Pablo en la segunda lectura que leemos plantea el amor como norma suprema y fundamental frente a cualquier tipo de leyes que nos dominan e interfieren en la construcción de relaciones más fraternas, ya que el amor es el resumen de toda ley y “quien ama no hace el mal, por el contrario, siempre el bien”.

El evangelio del día de hoy nos muestra la capacidad de perdón y de misericordia que el Señor tiene para con quien se ha alejado de Él por medio del pecado. Jesús nos ha dicho que no ha venido a juzgar sino a salvar (Jn. 12, 44-50), “que es el enfermo quien necesita de médico (Mc. 2, 17) y sale a buscar a la oveja extraviada (Lc. 15,1).

El amor es la actitud esencial de nuestra vivencia cristiana y una de sus manifestaciones fundamentales se exterioriza desde el perdón. San Mateo nos define el comportamiento que ha de tener cada persona y la comunidad cristiana con un miembro pecador: que no se desentienda de él; que le ayude; que le llame al perdón y a la corrección fraterna; que actúe con la persona tratando de ayudarle para que supere sus vacíos y desánimos interiores y crezca en madurez progresiva e integración en la comunidad. El perdón supone acogida, aceptación y generosidad. No es transigir con el mal sino mantener un diálogo permanente y persuasivo que lleve a las personas enfrentadas hacia la tolerancia y la reconciliación.

Para que el perdón tenga el efecto de la acogida y del amor debemos practicar la corrección fraterna. Implica esta actitud un esfuerzo de acercamiento a la persona que ofende con su comportamiento, de palabra o de obra, a otra persona o la comunidad. Lejos de murmurar, la actitud madura nos lleva a indicarle en qué formas o proceder de la vida debe cambiar para mejorar en su propio proceder. La corrección hay que practicarla cuidando las formas, el momento, las intenciones y la ayuda

que podemos prestar a quien necesita de nosotros. En la vida debemos corregir y aceptar se corregidos. Nadie es perfecto; nuestra relación con Dios y con los demás es mejorable. La sensibilidad, la humildad y la sinceridad serán criterios fundamentales para vivir el espíritu de la corrección fraterna.

No puede pasar desapercibida la última frase del evangelio: “Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo” (Mt. 18, 20). El verdadero creyente comparte su fe con los demás en medio de la presencia del Señor. Para alcanzar el perdón y la misericordia, el alimento espiritual de la oración, encuentro con el Señor, nos dará la fuerza suficiente para vivir nuestra fe desde una relación fraterna en el amor a Dios y a los hombres.

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