UN SALVAVIDAS EN MEDIO DE LA TORMENTA

 

Hermanos:

Debo reconocer que soy de las personas que le tienen miedo al mar. Su inmensidad y su fuerza me intimidan. Los judíos del tiempo de Jesús también le tenían miedo, pero por una razón distinta: por el mar llegaron muchos de los pueblos que los invadieron y oprimieron. Por eso, en la Biblia, el mar se convirtió con frecuencia en símbolo del mal. Basta recordar que, en el Apocalipsis, la bestia sale del mar (Ap 13,1).

Con esta imagen podemos comprender mejor el evangelio de hoy. Los discípulos están en medio del mar, la barca es sacudida por las olas y el viento contrario los llena de miedo. También nosotros experimentamos tormentas semejantes cuando el dolor, la enfermedad, el fracaso o la incertidumbre nos hacen sentir que perdemos el control de la vida.

En ese momento aparece Jesús caminando sobre las aguas. El mensaje es claro: Él está por encima del mal. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen y creen ver un fantasma. Es el miedo el que les impide descubrir su presencia. Lo mismo puede sucedernos a nosotros: cuando atravesamos momentos difíciles, sentimos que Dios está lejos, cuando en realidad siempre permanece a nuestro lado.

Pedro quiso caminar hacia Jesús sobre las aguas. Mientras mantuvo fija la mirada en Él, pudo vencer el miedo; pero cuando se dejó dominar por la fuerza del viento, comenzó a hundirse. También nosotros solo podremos superar las tormentas de la vida si permanecemos unidos a Cristo. Él nunca deja de tendernos la mano; Él es el mejor salvavidas para aquellos momentos en los que estamos “atormentados”.

Quizá hoy nuestra mayor tormenta sea la enfermedad, la violencia, la crisis económica o cualquier otra situación que nos haga sufrir. Sea cual sea el mar que debamos atravesar, el Señor sigue repitiéndonos: “Ánimo, soy yo; no tengan miedo”. Si confiamos en Él y no soltamos su mano, el mal podrá golpearnos, pero nunca tendrá la última palabra.

P. Tito Romero, CM.

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