¡QUÉ BONITA FAMILIA!

Hermanos:

El Papa Francisco, en Amoris laetitia, citando a san Juan Pablo II, afirma algo muy hermoso sobre Dios: “Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia”. Y añade luego que “Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente” (AL 11). A la luz de estas palabras, quisiera invitarlos a contemplar hoy el misterio central de nuestra fe.

Los cristianos creemos en un Dios que es Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No creemos en un dios lejano o aislado, sino en un Dios que es comunión, relación y amor. A lo largo de la historia se ha intentado explicar racionalmente este misterio, pero siempre terminamos descubriendo que Dios supera nuestras palabras y conceptos. Por eso, quizá la mejor manera de acercarnos a la Trinidad no sea desde complicadas explicaciones filosóficas, sino desde la experiencia humana más cercana y sencilla: la familia.

En Dios encontramos rasgos familiares. Está el Padre, creador y fuente del amor; está el Hijo, amado eternamente por el Padre y enviado al mundo para salvarnos; y está el Espíritu Santo, que es el amor que une al Padre y al Hijo en perfecta comunión. No son tres dioses, sino un solo Dios unido por el amor. La Trinidad es, entonces, la familia perfecta, donde cada Persona vive para la otra y todas tienen una misma misión: comunicar vida y salvación.

Por eso dice el Papa Francisco que nuestras familias están llamadas a ser reflejo de la Trinidad. Así como el amor mantiene unidos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, también el amor debe mantener unidas a nuestras familias. Cuando desaparece el amor, comienzan las divisiones, los resentimientos y los egoísmos, y la familia corre el riesgo de convertirse solo en un grupo de personas que viven bajo el mismo techo. En cambio, donde hay amor verdadero, servicio y búsqueda del bien común, allí se hace visible algo de Dios. Además, así como la Trinidad vive abierta al mundo para salvar y amar a la humanidad, también nuestras familias están llamadas a salir de sí mismas y preocuparse por los demás.

La fiesta de hoy nos recuerda, entonces, que el amor es el centro de la vida cristiana. El misterio de la Trinidad se ilumina cuando entendemos que Dios es comunión de amor y que nosotros estamos llamados a reflejarlo en nuestra vida cotidiana. Ojalá que, al ver nuestras familias y nuestra comunidad, los demás puedan descubrir algo de Dios y decir también: “¡Qué bonita familia!”

 P. Tito Romero, cm.

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