LA DEBILIDAD DE DIOS
Queridos amigos, Dios tiene una “debilidad”: su misericordia. Aunque es omnipotente y perfecto, frente al ser humano débil y pecador, su poder se transforma en amor que perdona. Por eso, este segundo domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia, celebramos esa debilidad que nos salva.
La misericordia es, en palabras simples, no tomar en cuenta las faltas del otro, o sea, perdonar. Está unida al amor, la paciencia y la tolerancia. En Dios, estos atributos se manifiestan como perdón constante. Él no puede dejar de ser misericordioso; por eso, siempre perdona. Si no lo hiciera, no sería Dios.
A lo largo de la historia, Dios ha mostrado su misericordia con su pueblo, aun cuando este le fue infiel. La mayor prueba de ese amor es el envío de su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo…” (Jn 3,16). Jesús es la expresión concreta de la misericordia divina, que alcanza su plenitud en la resurrección.
En lugar de castigar al ser humano por su pecado, Dios responde con la vida nueva que brota de Cristo resucitado. Como dice la Escritura, hemos sido regenerados para una esperanza viva. Solo hace falta abrirse a ese perdón.
El Evangelio de este domingo también muestra esta misericordia en lo personal: Jesús no reprocha a sus discípulos su abandono, sino que les ofrece la paz; a Tomás, que dudó, le da signos para creer. Así, cada persona puede experimentar el perdón en su encuentro con Cristo.
La misericordia de Dios nos sostiene, nos renueva y nos dignifica. En el sacramento de la reconciliación, también llamado sacramento de la misericordia, experimentamos una verdadera transformación: cuando el pecado ha debilitado en nosotros la imagen de Dios, la confesión la restaura. Por eso, si el pecado abunda en la vida personal y en la sociedad, no es por falta de misericordia divina, sino porque no nos abrimos plenamente a ella. Como decía el Papa Francisco: “Dios nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”.
En este domingo de la Divina Misericordia, aprovechemos esta “debilidad” de Dios que es, en realidad, la mayor expresión de su amor.
P. Tito Romero, CM.



















