UN RESPLANDOR EN MEDIO DE DESIERTO

Recuerdo una peregrinación que hice con unos amigos al santuario de la Virgen de Yauca en Ica, en medio del desierto, de noche y bajo una espesa neblina. En plena caminata, el camino se volvió incierto y el cansancio amenazaba con vencernos. Nos asustamos, no sabíamos hacia dónde dirigirnos ni si avanzábamos en la dirección correcta. Algunos amigos pensaron en detenerse; otros querían seguir a ciegas. Fue entonces cuando, a lo lejos, divisamos una pequeña luz: era una de las luces de la Iglesia de Yauca. Era tenue y distante, pero bastó para devolvernos la orientación y la esperanza. Mirando esa luz, el ánimo cambió, el cansancio se hizo más llevadero y la meta volvió a tener sentido; atravesamos el desierto de Ica y llegamos bien.

Esa experiencia ilumina el Evangelio del segundo domingo de Cuaresma. Jesús había invitado a sus discípulos a seguirlo por un camino exigente, marcado por la cruz y amenazado con la muerte. El entusiasmo que los discípulos mostraron cuando conocieron a Jesús, dio paso a dudas y desánimos, pues se dieron cuenta de que seguirle implicaba renuncias, incomprensiones y sacrificios. Ante la pregunta silenciosa de si valía la pena continuar, Jesús les regala un anticipo de la Gloria para reactivarles el ánimo: se transfigura, su rostro resplandece y sus vestiduras se vuelven blancas como la luz. Estas imágenes nos indican que lo que vivieron los discípulos en ese momento fue un adelanto del Cielo, una manifestación de la meta que aguarda a quienes permanecen fieles en medio de las dificultades.

La experiencia debió ser tan extraordinaria que Pedro, desbordado por la emoción, exclama: “¡Qué bien estamos aquí!”. Él quería quedarse en ese lugar, prolongar ese momento. Pero lo cierto era que la Transfiguración era solo una confirmación para seguir caminando. Después de contemplar la Gloria, los discípulos descendieron del monte y continuaron el camino hacia Jerusalén, hacia la pasión y la cruz, ahora con el corazón fortalecido por la certeza de la resurrección.

También nosotros, en el itinerario cuaresmal y en la vida misma, experimentamos cansancio, luchas interiores y tentaciones de abandonar. No podemos negar que las exigencias penitenciales que se nos piden durante este tiempo cuaresmal son difíciles, y más lo son las dificultades por las que atravesamos en muchos momentos de nuestra vida. Por eso la Iglesia, como Jesús con sus discípulos, nos muestra la luz al final del desierto: la Pascua. La Cuaresma es un camino que pasa por la cruz, pero que conduce a la Pascua; de la misma manera, en la vida pasamos por momentos de sufrimientos, pero, si mantenemos fija la mirada en la meta —la vida nueva en Cristo y el Cielo prometido— esos momentos de dolor cobran sentido.

Así como aquel resplandor en el desierto orientó nuestros pasos cuando con mis amigos hacíamos aquella peregrinación hacia el santuario de Yauca, la Transfiguración nos recuerda que, al final del camino, nos espera la Gloria. Caminemos con confianza, porque la luz ya brilla en el desierto.

P. Tito Romero, CM

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