SANTOS DE CARNE Y HUESO
Queridos hermanos:
Cuando escuchamos la palabra “santo”, probablemente pensamos en personas extraordinarias, capaces de realizar grandes sacrificios, hacer milagros o vivir una vida casi perfecta. Sin embargo, la solemnidad que celebramos hoy nos recuerda que la santidad no es un privilegio reservado para unos pocos, sino una vocación a la que todos estamos llamados.
Esto lo notamos de manera particular en la primera lectura, tomada del Apocalipsis, que nos presenta una visión hermosa: una muchedumbre inmensa, de todas las naciones, pueblos y lenguas, reunida delante del trono de Dios. No se trata solamente de los santos que conocemos porque la Iglesia los ha canonizado. Entre esa multitud seguramente hay padres y madres de familia, trabajadores, jóvenes, ancianos y tantas personas anónimas que, con sus virtudes y defectos, intentaron vivir fielmente el Evangelio.
Por otro lado, san Juan, en la segunda lectura, nos ofrece una razón fundamental para comprender nuestra vocación a la santidad: “Ahora somos hijos de Dios”. La santidad, por tanto, no consiste simplemente en convertirnos en mejores personas, sino en vivir de acuerdo con nuestra condición de hijos de Dios, dejando que su gracia transforme nuestra manera de pensar, de amar y de actuar. En línea con esto, San Vicente de Paúl tenía una definición muy hermosa de la santidad. Decía que consiste en desprenderse de las cosas de la tierra y, al mismo tiempo, amar a Dios y unirse a su divina voluntad. Dicho de una manera más sencilla: ser santo es aprender a querer lo que Dios quiere y vivir conforme a su voluntad.
¿Y cómo podemos hacerlo? Jesús nos ofrece la respuesta en el evangelio de hoy: las bienaventuranzas. Ser santos significa tener un corazón humilde, ser misericordiosos, trabajar por la paz, buscar la justicia y permanecer fieles a Dios incluso en medio de las dificultades. No se trata de hacer cosas espectaculares, sino de vivir extraordinariamente bien las cosas ordinarias.
Hermanos, hoy celebramos a quienes ya han llegado a la meta, pero también recordamos que nosotros seguimos caminando hacia ella. No pensemos que la santidad es imposible o que está reservada para personas excepcionales. Los santos fueron hombres y mujeres de carne y hueso, como nosotros, que se dejaron transformar por el amor de Dios. Que su ejemplo nos anime a comprender que también nosotros podemos, y debemos, ser santos.
P. Tito Romero, CM.



















