AMAR A DIOS CON EL CORAZÓN Y AL PRÓJIMO CON LAS MANOS

 

Queridos hermanos:

En el evangelio de este domingo, un fariseo se acerca a Jesús y le pregunta cuál es el mandamiento más importante de la Ley. No era una pregunta cualquiera. Los judíos tenían numerosos preceptos que regulaban su vida religiosa, y los maestros de la Ley discutían sobre cuáles eran los más importantes. Jesús responde recordando dos mandamientos que ya existían desde los tiempos de Moisés, pero que habían quedado olvidados entre tantos otros preceptos: amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo.

Lo interesante es que Jesús no presenta estos mandamientos como dos obligaciones independientes, sino que los une de tal manera que ya no podemos entender uno sin el otro. No podemos decir que amamos a Dios mientras permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. Tampoco podemos reducir el amor al prójimo a una simple actitud humanitaria, olvidando que, para el cristiano, ese amor nace de nuestra relación con Dios.

La primera lectura de este domingo, es particularmente clara. Dios pide a Israel que no maltrate al extranjero, que no oprima a las viudas ni a los huérfanos y que no se aproveche de la necesidad de los pobres; y ofrece una razón profundamente conmovedora: Él escucha el clamor de quienes sufren. Es como si nos dijera que no podemos pretender estar cerca de su corazón mientras damos la espalda a aquellos por quienes su corazón se conmueve.

A veces pensamos que amar a Dios consiste principalmente en rezar, participar en la misa o cumplir nuestras obligaciones religiosas. Todo eso es importante, pero resulta insuficiente si no transforma nuestra manera de tratar a los demás. El amor cristiano debe hacerse visible en nuestra paciencia, nuestra capacidad de perdonar, nuestra preocupación por los necesitados y nuestra disposición a servir.

Hermanos, a la luz de las lecturas de este domingo, no estaría de más que nos preguntemos no solo cuánto amamos a Dios, sino cómo se nota ese amor en nuestra vida cotidiana. Porque el amor a Dios no se demuestra únicamente con las palabras que pronunciamos en la oración, sino también con las manos que tendemos a nuestros hermanos. Al final, los dos mandamientos que Jesús nos recuerda son inseparables: cuando amamos verdaderamente a Dios, aprendemos a reconocerlo y amarlo también en los demás.

 

P. Tito Romero, CM.

Leave Comment