MISIONEROS DE LA SALVACIÓN, COMO SAN VICENTE
Queridos hermanos:
En los domingos anteriores hemos escuchado a Jesús hablar de la corrección fraterna y del perdón como actitudes necesarias para la vida de la comunidad. Pero falta todavía algo fundamental: la respuesta de quien es corregido y perdonado. Podemos corregir con caridad y estar dispuestos a perdonar, pero si el otro no quiere cambiar, la reconciliación seguirá siendo difícil. Por eso, las lecturas de este domingo nos hablan de una palabra fundamental para que la vida en comunidad permanezca: la conversión.
El profeta Ezequiel nos ofrece una definición muy clara de la conversión: “Si el malvado se aparta de su maldad y hace lo que es recto y justo, salvará su vida” (Ez 18,27). Convertirse significa, entonces, apartarse del mal y comenzar a hacer lo que Dios quiere, para alcanzar la salvación. Muchas veces nos empeñamos en hacer nuestra propia voluntad, creyendo que basta seguir nuestros deseos o convicciones para alcanzar la felicidad; pero tarde o temprano terminamos estrellándonos contra una triste realidad: nuestra voluntad nos lleva, en la mayoría de casos, al mal. La conversión comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente “¿qué quiero hacer?” y empezamos a preguntarnos: “¿qué quiere Dios de mí?”.
Pero la conversión no es cuestión de buenas intenciones ni de palabras bonitas. La conversión se demuestra con la vida. Eso enseña Jesús mediante la parábola de los dos hijos (cf. Mt 21,28-32). Uno dijo a su padre que iría a trabajar, pero no fue; el otro inicialmente se negó, pero después cambió de parecer y cumplió su voluntad. El primero se quedó en las palabras; el segundo pasó a la acción. La conversión verdadera supone, por tanto, un cambio de conducta, de actitudes y, finalmente, de vida. No basta sentir arrepentimiento durante un momento. Las emociones pasan; las decisiones cambian la vida. Y ese cambio debe hacerse visible en nuestra manera de tratar a los demás, afrontar nuestros errores, perdonar y servir.
Este domingo celebramos también la fiesta de san Vicente de Paúl. Su actividad misionera estuvo profundamente marcada por la preocupación por la salvación de los pobres. Al descubrir la situación espiritual en que muchos vivían, promovió las misiones populares y los animó a acercarse al sacramento de la confesión, precisamente buscando su conversión. Comprendió que servir al pobre significaba atender sus necesidades materiales, pero también anunciarle a Jesucristo y ayudarlo a encontrarse nuevamente con Dios.
Que la Palabra de este domingo y el ejemplo de san Vicente nos ayuden primero a nosotros a convertirnos y después a ayudar a otros a encontrar el camino que conduce a Dios. ¡Que san Vicente nos enseñe a ser misioneros de la salvación!
P. Tito Romero, CM.



















