EL PERFUME DE LA ROSA
Queridos hermanos:
Es una feliz coincidencia que este año el 30 de agosto caiga domingo y que, por tanto, celebremos la Solemnidad de Santa Rosa de Lima con la importancia propia del Día del Señor. Esta gran santa, que en otros años podía pasar más desapercibida, debería ocupar hoy un lugar importante en el itinerario espiritual de los peruanos. Es justo que así sea, porque, aunque es venerada en muchos países y es patrona de América Latina y de Filipinas, los primeros llamados a estimarla e imitarla somos nosotros, sus paisanos.
Pero ¿qué fue lo que hizo de Santa Rosa una santa? Las lecturas de esta solemnidad nos dan la respuesta. La primera nos invita a vivir la humildad: “Cuanto más grande seas, más deberás humillarte; así agradarás a Dios” (Eclo 3,18). San Pablo, en la segunda lectura, expresa esa misma actitud cuando afirma: “Todo lo considero basura a cambio de ganar a Cristo” (Flp 3,8). Y el Evangelio, con la parábola del grano de mostaza, nos recuerda que las obras de Dios comienzan desde la pequeñez y la humildad (cf. Mt 13,31-32).
No hay santidad sin humildad. Quien es humilde reconoce que todo lo ha recibido de Dios y, por eso, vive dependiendo de Él más que de sí mismo o de los bienes de este mundo. Esa fue la actitud que caracterizó a Santa Rosa. Dotada de una gran belleza, huyó de los elogios; pudiendo llevar una vida cómoda, eligió la sencillez; teniendo la posibilidad de ingresar a un convento, prefirió la soledad de una pequeña ermita para dedicarse por entero a Dios. Cuando su fama de santidad comenzó a extenderse, buscó todavía más el silencio y el ocultamiento. Su lema lo resume todo: “No quiero, Esposo mío, más riquezas que adorarte, ni otro deseo que servirte”.
Su humildad se manifestó también en una intensa vida de penitencia. Comprendió que seguir a Cristo implica renunciar a uno mismo y cargar con la cruz (cf. Mt 16,24). Por eso repetía con frecuencia: “Aparte de la cruz, no hay otra escalera por la que podamos llegar al cielo”. Esa fue la escalera por la que ella llegó a la santidad.
Hermanos, Santa Rosa debería ser un motivo de orgullo para todos los peruanos. Pero ese orgullo debe convertirse en devoción, y la devoción en un sincero esfuerzo por imitar su vida. Que su humildad, su amor a Cristo y su capacidad de renuncia sean para nosotros como un perfume que nos impulse a recorrer el camino de la santidad. Hagamos que al Perú se le conozca no solo por sus maravillas naturales o por su riqueza cultural, sino también por el aroma de santidad de sus hijos. Como dijo el papa Francisco durante su visita a nuestro país, el Perú es una “tierra ensantada”. Que esa hermosa expresión siga haciéndose realidad en cada uno de nosotros.
P. Tito Romero, CM.



















