RIESGOS A TENER EN CUENTA

 

Muchas veces no se ha llegado comprender satisfactoriamente quién era el profeta en la historia de Israel. Si aún piensas que es alguien que adivina el futuro porque Dios se lo revela, estás muy lejos de saber quién es el profeta en la Biblia. Si consideras que es un privilegio haber sido profeta, no sé si los mismos profetas desearon vivamente serlo, con todo lo que se les sobrevino encima. Hoy, en la primera lectura, escucharemos el drama del profeta Jeremías ante su propia vocación. El cristianismo reformuló la vocación profética hasta convertirla en una condición que recibimos todos los bautizados en Cristo. Por tanto, ejercer nuestro profetismo no significa solamente transmitir la Palabra de Dios a los demás, como si ellos la necesitasen más que nosotros mismos, una especie de canal por donde pasa el designio de Dios. El primer interpelado ante la palabra profética debe ser el mismo profeta, y a él también se dirige el mensaje que anuncia. Jeremías encarna una vocación profética en todos sus matices. Él no pidió ser profeta, Dios lo escogió desde el seno materno; él no procedía de familia de profetas, sino, más bien, era de una familia sacerdotal, quizá de las más humildes, pero tuvo que lidiar contra ambos grupos, profetas cortesanos y sacerdotes, pues sus palabras proféticas no fueron del agrado de sus interlocutores. Sus fuertes denuncias proféticas no le eximieron de vivir en carne propia las desgracias que sobrevinieron a Jerusalén y al reino de Judá. Conociendo la vida de Jeremías, no sé si de verdad uno llegase a aceptar con gusto ser profeta. Son muy conocidas y estudiadas un grupo de intervenciones del mismo Jeremías en la obra del mismo nombre, denominadas “confesiones”, pues revelan la intimidad de un hombre sufrido por su vocación. En ellas se revela justamente que él no buscó este ministerio, pero lo asumió con libertad con todo lo que traía consigo, porque puso su entera confianza en el Señor, aunque le fue necesario desfogar vivamente sus sentimientos ante el mismo Dios en muchas ocasiones. Ahora bien, una cosa es el mejor deseo que uno puede tener frente a una misión encomendada por Dios y otra cosa es vivir el día a día de ese compromiso. Jeremías es el profeta del exilio, considerado por sus contemporáneos como un traidor a la patria, pues anunció que era mejor entregarse al poder de los invasores incitando a que hiciesen un examen de conciencia profundo, porque las desgracias que afrontaban no eran más que consecuencias de sus pecados. De esta forma, su familia, sus amigos, los reyes con sus profetas y sacerdotes, su mismo pueblo, le dieron la espalda y no solo eso, sino que se abalanzaron contra él, haciéndole pasar vergüenza y oprobio para que dejara de seguir profetizando. Así, Jeremías solo y abandonado, puso su confianza en Dios, quien, en su absoluto designio, llevó a cumplimiento las profecías de Jeremías, exaltando así su valor en el ministerio delegado. Será a partir de esta terrible experiencia del exilio, que el pueblo posteriormente recuperará la valía del profeta Jeremías. Y este es el punto de reflexión: ¿por qué siempre tenemos que darnos cuenta demasiado tarde para identificar la voz del profeta que nos advierte de las terribles consecuencias que luego debemos asumir?

Para Pablo, que fue formado dentro de la importancia de Ley judía, en su convicción de judío, entendía que había una marca dolorosa en la humanidad que debía acompañarlo por siempre. Puede que entendiera que el perdón de Dios podría llegar, pero este sería siempre temporal (como se entendía, se daba en la Fiesta de la Expiación de los judíos). Las cosas cambiaron cuando conoció a Cristo, aquel a quien Dios resucitó y por quien se logró el perdón definitivo para una humanidad, judíos y paganos, trastocada por el drama del pecado. Eso le sacudió hondamente sus cimientos confesionales. Si Pablo habla de reconciliación, entonces el ser humano se convirtió en algún momento en antagonista de Dios. Aquí tenemos cómo Pablo asumió la interpretación propiamente del autor del libro de la Sabiduría sobre el pecado del primer ser humano que nos narra el Génesis y sus consecuencias nefastas para todos (Sb 2,24). Entonces, ya había pecado antes de la Ley, pero no se le imputaba a nadie hasta que llegó la Ley, que ayudó a tomar conciencia de cuándo se trasgredía. Así, se entiende cuando dice que el pecado reinó hasta Moisés. Por eso para Pablo, la muerte, entendida como el mayor signo de la presencia del pecado en la vida del ser humano, no se puede comparar con el don de la gracia dada por Dios, en quien fue determinado como el prototipo de Adán en plenitud, “el que debía venir”. De este modo, la muerte ha sido vencida por la propia muerte y resurrección de Cristo Jesús. Por tanto, la salvación para Pablo no puede ser reservada solo para los judíos, tiene que ser conocida y aceptada por todos los hombres y todos tienen acceso a ella gracias a la fe en Cristo, puesto que aquellos no conocen ni necesitan la Ley para alcanzarla. Así, ese terrible precedente en el que el ser humano decidió (y, por ende, decide por siempre) negarse a la vida plena unido a Dios, generó un daño a sus hermanos y a la creación y trajo un consecuente delito, pero no se puede comparar con la gracia que hemos recibido; pues a pesar de todo esto, está allí a la mano la opción de aceptar su salvación mediante la fe en Cristo.

El evangelio que escucharemos es un fragmento del discurso de la misión de Mateo, que, en una segunda intervención, se dirige directamente al discípulo que es enviado a la misión advirtiendo, sobre todo, los riesgos de ser misionero en nombre de Cristo. Ante la acusación de que puedan ser confundidos con maestros de artes ocultas, les insta a no tener miedo ante aquellos opositores, y, más bien, les exhorta a que no se escondan y manifiesten, como la luz, su verdadera intención, por lo que no pueden dejar de proclamar lo que han recibido de parte de Jesús. Y es que el mensaje no solo sirve para esta vida, por lo que no tendría sentido tener miedo a quienes pueden matar el cuerpo, pero no el alma. Sin duda, para la comunidad cristiana que recibe este evangelio, la hostilidad estaba tomando matices violentos, en algunos casos, y era preciso ofrecer una explicación que ayude a sostener la fidelidad al evangelio, y empieza también a crecer la proyección del lugar de castigo eterno, asociándolo a la “gehena”, el basurero de las afueras de las murallas de Jerusalén. Por tanto, si Dios no abandonó a su Hijo, tampoco abandonará a sus hijos queridos – es sugerente las comparaciones de los gorriones y de los cabellos de la cabeza -, porque la misión debe continuar en medio de las incomprensiones de generaciones y generaciones que no solo niegan a Cristo, oponiéndose al mensaje de la salvación de un Dios para todos.

En sintonía con las lecturas anteriores, se propone la meditación del salmo 68, una lamentación individual de quien sufre una situación de angustia extrema, acorralado por difamaciones, que soporta con entereza confiando en una posible intervención salvadora de Dios a su favor. Las expresiones del salmista varían desde duras imprecaciones contra sus enemigos hasta una acción de gracias y la confirmación de que Dios atiende la oración de los que sufren. Este salmo fue muy requerido en la reflexión sobre la pasión del Señor, quizá asociado al sufrimiento del Justo de los libros de Sabiduría y el “Siervo de YHWH” de Isaías, y a la misma experiencia de sufrimiento del profeta Jeremías.

Ahora es nuestro momento, el que nos exige mantenernos firmes en medio de tantas incomprensiones. Quizá tengamos que abrir en muchas oportunidades el corazón como el salmista y como Jeremías, pero no olvidemos que la última y definitiva palabra la tiene Dios.

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