Situación vital y contexto literario en los estudios bíblicos

Al afirmar que la Biblia es una colección de escritos canónicos hemos llegado a la conclusión que cada texto tiene su propia historia. Lo más sorprendente es que estamos hablando de muchos siglos de historia, si es que nos remontamos a las tradiciones orales hasta el tiempo propio de la redacción final de cada obra.
Ahora bien, es muy importante distinguir el tiempo real del autor del tiempo literario. Muchas de los escritos bíblicos nos cuentan tiempos supuestamente “históricos” pero que no coinciden con el tiempo en que está viviendo el autor. A los diferentes redactores les surge una motivación real en un momento determinado de la historia por el cual se dedican a plasmar su obra, pero se valieron del tiempo propio del relato para proyectar justamente esa interpretación de la fe que estaban viviendo en su presente. Esta motivación especial se le ha denominado en estudios bíblicos “Sitz im Leben” o “situación vital”.

Pero, también es importante no olvidar que gracias a los aportes de las ciencias sociales hemos podido conocer el contexto socio-histórico en que vivió el autor y también el contexto que intentó retratar en su obra, muchas veces años pasados, donde las costumbres, la vida social, los condicionamientos socio-económicos eran distintos de la época del autor o en otros simplemente los proyectó hacia el pasado.
Pongamos algunos ejemplos.

El libro de Daniel es todo un tema en los estudios bíblicos. En primer lugar, la tradición cristiana ha vinculado a Daniel al profetismo de Israel, considerándolo incluso dentro de los cuatro grandes profetas, junto a Isaías, Jeremías y Ezequiel, y por eso es conocido como el “profeta” Daniel. De allí, que haya sido siempre vinculado a los escritos proféticos. Pero, la gran sorpresa es que propiamente Daniel no es un profeta, sino más bien, un visionario o un vidente (Dn 7,1ss; 8,1ss; 10,1ss), aunque también es reconocido como un sabio (Dn 1,17) e interpretador de sueños (Dn 2,27ss; 4,16ss; 5,17). Si esto es así, el libro de Daniel no es de carácter profético sino más bien apocalíptico. Tendríamos que suponer que la actividad profética propiamente dicha y su vinculación literaria culminó en el s. III a.C. (posiblemente el segundo Zacarías), y por lo que nos han ayudado los estudios bíblicos sobre esta obra del AT fue probablemente escrita en el s. II a.C.; y es que la gran motivación del redactor del libro de Daniel fueron los eventos que se sucedieron en torno a la invasión de los griegos seléucidas encabezados por Antíoco IV Epífanes a la ciudad de Jerusalén hacia el 167 a.C. en su afán de atacar las costumbres judías para lo cual decidió profanar el Templo de Jerusalén. En contexto de persecución y hostilidad, el autor decide apelar al estilo apocalíptico en la que el vidente Daniel va revelando sus visiones para dar esperanza a los judíos que tuvieron que soportar esta opresión extranjera. Ahora bien, mucho del material que contamos en esta obra retrata mas bien el tiempo de la invasión babilónica del s. VI a.C. con el rey Nabucodonosor (Dn 1,1; 2,28.46; 3,1; 4,1) y su hijo Baltasar (llamado así en la Biblia: Dn 5,1.2.9.22.29), e incluso la soberanía persa con Ciro (1,21; 10,1) y con el rey Darío, nombrado aquí como medo (Dn 6,1; 9,1; 11,1) muchos años antes de lo que estaba viviendo el autor, proyectando justamente la imagen de aquel rey en el cruel Antíoco, a quien no lo nombrará pero sí lo retratará simbólicamente (Dn 11,21ss). Finalmente, se le añadió algunas otras historias ejemplares como la famosa historia de Susana (Dn 13) y otros relatos más: Daniel y los sacerdotes de Bel y Daniel contra el dragón (Dn 14).

El ciclo de José (Gn 37-50). Aunque este ciclo muy interesante y bastante largo cierra la llamada historia patriarcal que empezó con Abraham, continuó con Isaac y Jacob y literariamente terminó con José, que era uno de los hijos de Jacob según se cuenta en esta narración. La obra habría recorrido los siglos antiguos del Bronce medio hacia el 1900 a.C. hasta el 1550 a.C. aproximadamente. Pero, hoy sabemos gracias a los estudios bíblicos que este ciclo de José ha sido una obra independiente elaborada y redactada después del exilio y muchos incluso la vinculan con los tiempos de la redacción del libro de Daniel. José también interpreta sueños como Daniel y lo remite a Dios (Gn 39 y 41), y es un sabio administrador también (Gn 41,37ss) como Daniel. José, en su calidad de extranjero en una tierra extraña, confía en Dios a pesar de las situaciones dramáticas que vivó, como le tocó afrontar a los judíos sojuzgados por un poder extraño que les exigía cambiar sus costumbres religiosas en su propia tierra, como lo fue Antíoco. Dios guía la historia con su designio por lugares insospechados y circunstancias que a primeras parecen ser negativas. El desarrollo de la historia de José rompe el esquema habitual con que se presentó a los anteriores ciclos patriarcales confirmando así su carácter independiente. No olvides que en la tradición bíblica posterior no se conoció una tribu de José, siendo este también hijo de Jacob. Más bien, los hijos de José si formarán parte de la lista de tribus: Efraím y Manasés (Gn 41,50ss). Por tanto, el redactor final de a obra del Génesis vio por conveniente vincular a José con la tradición patriarcal y así poder explicar de dónde salen estas dos tribus de Israel que no constan como hijos de Jacob directamente y, además, explicar cómo llegó esta gran familia de Canaán a Egipto, puesto que luego se contará la epopeya del éxodo, donde salieron los “hebreos” victoriosos de Egipto apoyados por el Dios de los patriarcas (Gn 50,24; Ex 1,8).

¿Qué te pareció? Hay tanto por aprender. Anímate a leer la Palabra de Dios y conocerla de primera mano.

P. Mario Yépez Barrientos, CM

Presentación del tema

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